En las montañas de Santander, cuando el amanecer todavía no sabía si debía ser luz o niebla, el Cañón del Chicamocha se abría como una herida antigua y solemne, y yo me quedaba inmóvil, sosteniendo una taza de café que parecía más caliente por la memoria que por el fuego, mientras el mundo entero se deslizaba lentamente hacia la claridad. El viento bajaba desde las alturas con una paciencia de siglos, y en ese aire delgado, casi inventado, se mezclaban el aroma del café recién hecho y una nostalgia que no tenía origen preciso, como si alguien hubiera dejado abierta una puerta del pasado en medio de la montaña.
Desde algún lugar invisible, visible y porco deducible, como si viniera no del tiempo sino de una grieta del paisaje, de las montañas silenciosas, sonaban Silva y Villalba, y sus voces se extendían por el cañón como si las rocas hubieran aprendido a cantar.
Esa mañana naranja en el cielo las aves se detenían en el vuelo, las sombras aún estaban indecisas en el amor, el río allá abajo moviéndose como un pensamiento lento sabía que yo estaba tan lejos que solo podía observarlo. Y en medio de ese amanecer irrepetible, uno comprendía —sin necesidad de decirlo— que habían lugares en el mundo donde la realidad no se comporta como realidad, donde un pasaporte desaparece, el amor rejuvenece, el mundo nos entristece y un grito desaparece.
En el exilio uno empieza a entender que los colores no pertenecen a nadie, o que pertenecen demasiado, y por eso se desprenden con una facilidad dolorosa, como si la memoria también supiera vestirse y desvestirse según las órdenes de un guión ajeno, las órdenes de un trabajo necesario, de un papel simulado, de un rodaje millonario.
Lo hice porque así lo determinó el director del comercial de televisión, con la misma naturalidad con la que se decide el movimiento de una cámara o la emoción exacta de una espuma en la cerveza.
Lo hice porque necesitaba el trabajo, porque el exilio no negocia. Lo hice porque mi pasaporte colombiano había quedado suspendido en algún pliegue administrativo del gobierno francés que me concedió el exilio como quien concede una pausa sin promesa de retorno, recuerdo aquel día que tuve que entregar mi pasaporte a las autoridades francesas, Colombia quedó confiscada.
Me indicaron que no podía volver a Colombia por instrucción del gobierno francés, es parte de ser exiliado, no tener pasaporte y no volver.
en el pub, lo más extraño no era la camiseta que yo portaba del equipo rival de mi patria querida.
Lo más extraño era saber que, en algún punto del calendario que ya se estaba escribiendo sin nosotros, Portugal se enfrentaría a Colombia en la Copa del Mundial de fútbol 2026.
Pensé entonces que el fútbol tenía esa crueldad dulce de enfrentarte a lo que eres incluso cuando ya has sido transformado en otra cosa.
Así que no quedaba más que eso: grabar, actuar, obedecer la coreografía de las luces, beber cerveza sin beberla, gritar goles que todavía no existían, y seguir viviendo como si la vida fuera una escena interminable donde uno ensaya su propio desarraigo sin saber nunca en qué minuto exacto se convierte en verdad.
El pub era antiguo, de madera oscura, como si hubiera sido traído pieza por pieza desde algún rincón húmedo de Irlanda desde 1950, en el centro del Ducado, a pocas cuadras del palacio donde la historia se sienta a firmar silencios. En Luxembourg la luz no entra: se filtra entre la paz y la guerra. Y en ese lugar se filtraba con un luminotécnico experto que maneja luces por todas partes, la luz era dorada, detenida en pequeñas lámparas colgantes que temblaban apenas cuando alguien reía demasiado fuerte o cuando el mundo, otras pequeñas sobre las mesas acompañaban la cerveza, afuera, la calle cotidiana seguía su ritmo normal mientras dentro del pub todos nos desconectamos del mundo.
La cerveza —Bofferding— estaba en todas partes antes de ser bebida. Era el verdadero personaje de la escena. Brillaba en los vasos como si supiera algo que nosotros no. La mirábamos formarse, caer, asentarse en la espuma lenta, y había en ese gesto cotidiano una especie de ceremonia sin religión. Beberla era ensayar la paz en un mundo que no la practicaba, el petróleo cada vez más caro amenazaba la copa mundo de futbol 2026.
Porque afuera el mundo estaba roto, el derecho internacional desangrado, la soberanía pisoteada, Trump descontrolado.
Las noticias hablaban de guerras como quien enumera estaciones del clima. Una más. Otra más. Ahora el Golfo. Ahora Irán. Trump, trump, tamp, tomp, pa pa pa. Ahora la palabra “invasión” otra vez en boca de los mismos países que siempre la pronuncian como si fuera una corrección del orden, mientras el rey atacaba al Papa e insultaba a Jesucristo. Y yo pensaba, mientras sostenía el vaso sin beber, que el planeta había aprendido a convivir con su propia destrucción como se convive con un ruido constante en la pared: se oye, se ignora, se sigue viviendo, y Trump, el rey de la destrucción manipula la ignorancia en masa.
Patricia Flores estaba a mi lado. Actriz. Bella luxemburguesa y también latinoamericana, en ese estado extraño en que la belleza deja de ser atributo y se vuelve oficio consciente, inconsciente y subconsciente . Ella miraba el set como si ya lo hubiera vivido antes, o como si lo estuviera recordando en lugar de interpretarlo. Éramos dos latinoamericanos perdidos en una coreografía de precisión norteamericana, donde cada movimiento tenía una marca en el suelo y cada emoción una luz asignada a una Bofferding en medio de la barra brava de Portugal.
En la barra había un hombre de unos setenta años que parecía haber sido olvidado por el tiempo o, peor aún, conservado con intención.
Llevaba una barba blanca, larga y abundante, que caía sobre el pecho como una espuma permanente de otra vida, y un traje de cantinero de los años sesenta, impecable en su anacronismo de artista, como si aún sirviera bebidas en un mundo que ya no existe.
Sus manos se movían con una paciencia exacta: vertía la cerveza Bofferding una y otra vez, sin descanso, inclinando el vaso en el ángulo perfecto para que la espuma subiera intacta, densa, fotogénica, como si en ese gesto mínimo se jugará la posibilidad de una belleza definitiva.
No miraba a nadie, o quizás miraba a todos al mismo tiempo, convertido en una pieza más del mecanismo invisible del rodaje, un hombre que servía espuma como otros sirven el mundo: con precisión, con rutina, con la calma de quien ha entendido que la perfección no es un instante, sino una repetición infinita.
El comercial era simple y absurdo, como suelen ser las verdades cuando se disfrazan de entretenimiento, de una alegría que se simula en un mundo triste: un pub donde todos apoyaban a Portugal, menos uno que llevaba la camiseta de Francia. Portugal ganaba, Francia logra igualar en la igualdad, la fraternidad y la libertad, y el gesto final era imposible en el mundo real. Luego llegó el abrazo colectivo, la reconciliación instantánea, el milagro deportivo como sustituto de la historia.
Pero lo más extraño no era el guión. Era la sensación de estar dentro de algo que se parecía demasiado a la vida, pero no era real, ni siquiera la cerveza que tenía en mis manos era real, solo era una imagen que no se podía sentir.
Había gritos ensayados que terminaban siendo reales. Habían cervezas simuladas que dejaban la sed verdadera. Habían abrazos que empezaban como instrucciones y terminaban como necesidad.
Yo debía levantarme en la primera escena, cruzar la primera fila y caminar hacia la barra. Un gesto mínimo, casi ridículo. Pero en esa coreografía el mínimo era lo absoluto. Todo dependía de cómo se apoyaba un pie antes del otro, de cómo la mano rozaba el aire antes de tocar el vaso sin tocarlo del todo.
A mi lado, un hombre finlandés de dos metros me abrazó sin aviso y gritó algo que sonó a “bacalao” o a promesa. No pregunté. No entendí. En ese lugar entender era un lujo innecesario.
La luz hacía del pub un lugar fuera del tiempo. No era día ni noche. Era algo intermedio, como si el mundo hubiera decidido detenerse para observarse a sí mismo en repetición.
Y mientras tanto, en algún lugar del mapa, la palabra “invasión” volvía a escribirse sobre otro país. Se hablaba de Estados Unidos, de Irán, de flotas, de bloqueos, de movimientos militares en el estrecho de Hormuz. Se hablaba como siempre se habla antes de que las cosas sucedan del todo, cuando aún se finge que hay decisiones en lugar de inercia.
Pensé que tal vez el mundo ya no distinguía entre simulacro y realidad. Que nosotros éramos eso. Al final del día un ensayo de humanidad dentro de otra humanidad más grande y más violenta.
Patricia reía. No actuaba la risa: la vivía. Y en ese gesto había algo que me salvaba de la sensación de irrealidad. Porque si ella era real, entonces el resto también lo era, incluso lo absurdo, incluso el pub, incluso la cerveza que no se bebía.
El director gritaba cortés, amable, sencillo, como un psicólogo experto en dar a cada quien el papel que le corresponde, luego numerosas repeticiones, ajustes y gol. Pero el tiempo ya no obedecía del todo. Se había vuelto una sustancia blanda. Un líquido parecido a la cerveza en el vaso: dorado, inestable, compartido, ficticio, agrio, repetitivo, flotante, aparente, insaciable.
Cuando finalmente llegó la toma que quedó, nadie supo exactamente cuándo había empezado la celebración. Portugal ganaba. Francia igualaba el resultado. el actor francés reía, el viejo portugues lo abrazaba, todo era paz pero en el medio oriente no paraba la guerra. Y sin embargo todos se abrazaban como si el resultado fuera lo menos importante del mundo.
Y lo era.
Gritamos.
Saltamos.
Sentí que algo dentro de mí se aflojaba, como una cuerda demasiado tensa durante demasiado tiempo.
Y pensé —sin decirlo— que tal vez el fútbol era eso: el único idioma que todavía intentaba unir lo que la historia se empeñaba en separar, un mundo diverso, humano, real, desigual, inmerso en la guerra.
En algún momento, alguien gritó gol…
Y ese grito, absurdo, colectivo, sin partido real que lo sostuviera, se quedó flotando entre las lámparas del pub como si fuera una pequeña revolución sin consecuencias, pero con memoria, en una celebraciòn absurda de la ficciòn convertida en realidad, un grito en Paris que salia del corazon de luxemburgo.
El set en Luxemburgo parecía suspendido fuera del tiempo, como si el mundo hubiera decidido por un instante ponerse de acuerdo consigo mismo. Las luces colgaban suaves sobre el pub reconstruido, la madera oscura respiraba calor, y en cada mesa la cerveza Bofferding brillaba con esa espuma perfecta que los técnicos repetían una y otra vez hasta volverla casi una forma de fe.
Afuera, el país seguía siendo un mapa de migraciones y lenguas cruzadas; adentro, todo se reducía a un solo sentimiento que nos unía sin explicación, como si el fútbol, la ficción y la vida hubieran firmado una tregua secreta.
Patricia Flores estaba a mi lado, luminosa, exacta, habitando la escena con una naturalidad que desarmaba cualquier distancia entre actuar y ser. En un momento que nadie había escrito del todo —o tal vez sí, pero en otra versión del guión— la espuma se desbordó sobre la barra, cayendo como una pequeña avalancha dorada que parecía bendecirlo todo, y en medio de esa felicidad colectiva, de ese instante improbable en que todo encajaba sin dolor, nos miramos como si por fin el mundo hubiera encontrado su forma correcta, y entonces nos besamos, sin prisa, como si el tiempo hubiera decidido no interrumpirnos nunca más mientras tomábamos un tren a Dudelange.
Daniel Fernando Mejía Lozano (Moniquirá, Boyacá, Colombia, 1984) es escritor de no ficción literaria. Su obra, inscrita en un realismo dramático y humanista, explora las relaciones entre poder, violencia, territorio y memoria desde una prosa de alta densidad narrativa. Formado en Comunicación Social y Periodismo en la Universidad de Bogotà Jorge Tadeo Lozano, es autor de El Dorado sí existe (2017) y columnista permanente en medios de Iberoamérica, donde ha construido una voz autoral reconocible en el espacio cultural y geopolítico europeo y latinoamericano. Reside en Francia en condición de exilio desde el año 2022. Su trayectoria ha sido reconocida en escenarios de alto relieve internacional: en el año 2025 obtuvo la carta de ciudadano de París otorgada por la alcaldesa Anne Hidalgo en el marco del día mundial de la libertad de prensa postulado por La Maison des Journalistes.

