Recibí la llamada una mañana gris, de esas en que el cielo de Reims parece haber olvidado el sol por completo y se resigna a una luz lechosa, suspendida, casi tímida. Mi apartamento —aquel refugio que durante días había sido apenas una trinchera literaria, un espacio de silencios acumulados y páginas inconclusas— estaba en penumbra cuando sonó el teléfono.
Era Oumaima, se comunicaba desde la Maison des Journalistes en Paris. Su voz, cálida y precisa, me dijo unas palabras emocionantes en medio de la fría lluvia de primavera. Me habló de una inmersión en la redacción de Ouest-France, una marca que en Francia es una institución con historia la cual respira con el pulso cotidiano de cientos de miles de lectores que confían en su información. Más de quinientos sesenta mil suscriptores en papel, millones más dispersos en la geografía digital del país y 54 corresponsales internacionales conectando a Francia con el mundo era el escenario que el destino tenía para mí formación profesional desde una perspectiva de estructuralismo europeo, una puerta que se abría gracias a la MDJ. No era una invitación menor; era, más bien, una irrupción en mi sueño de vocación.
Mientras hablaba, miré alrededor. Los libros abiertos, las tazas a medio vaciar, el leve desorden que deja la obsesión cuando se instala sin pedir permiso. Pensé —sin decirlo— que aquel encierro voluntario empezaba a resquebrajarse en Reims. Había algo en esa propuesta que sonaba a fuga, a desplazamiento necesario, como si la literatura misma me empujara fuera de esas paredes que por estos días me agobiaban ante los cambios administrativos del país que nos complicaban la vida a los extranjeros.
Colgué y durante unos segundos permanecí inmóvil, escuchando el eco de la conversación. Luego, casi sin transición, me invadió una emoción que no era del todo alegría ni del todo ansiedad, sino una mezcla de ambas, un temblor. La certeza de que algo estaba a punto de empezar.
Fue así como emprendí el viaje hacia Rennes.
Llegué a Rennes con la libreta aún en blanco y la vaga encomienda de cubrir eso que algunos llamaban, con un tono entre secreto y leyenda, “el periódico de la primavera”. Nadie supo explicármelo con precisión: “escúchalo”, me dijeron, “y escribe”. Y fue entonces cuando entendí que no se trataba de papel ni de tinta, sino de una música que parecía redactarse sola en el aire, como si los acordes de Las cuatro estaciones hubieran decidido tomar posesión de la ciudad. En las calles estrechas, los balcones murmuraban en compás de tres tiempos, y los transeúntes —sin saberlo— modulaban sus pasos a la cadencia de una primavera que no terminaba de irse.
El trayecto tuvo esa cualidad ambigua de los desplazamientos decisivos: el tiempo parecía dilatarse, como si cada estación intermedia fuera una advertencia o una promesa. Pensaba en la redacción que me esperaba, en el murmullo de las noticias en gestación, en las voces cruzadas, en la urgencia que siempre define al periodismo cuando es verdadero. Y también pensaba en mí, en lo que quedaría de aquel encierro en Reims después de atravesar esa experiencia.
Sentía la sensación —tan propia de ciertas ciudades— de no haber llegado del todo, como si Rennes me observara antes de permitirme entrar en su ritmo. Pero había en el aire una energía distinta, más abierta, menos introspectiva. Supe entonces que ese viaje no era sólo geográfico.
Era, sobre todo, una forma de salir de mí mismo.
Llegamos a Rennes, el Hotel Florian nos esperaba, como quien entra en una habitación que ya ha sido soñada antes, pero por otro. Éramos varios —aunque decir “varios” es impreciso, casi una trampa—: Rusia, Senegal, Haití, Siria, Irán, Azerbaiyán… nombres de países que no cabían en la sala, que desbordaban los mapas y se nos colaban en la manera de mirar, de callar, de sentarnos incluso. No nos presentamos de inmediato; primero nos reconocimos. Ese gesto breve, apenas perceptible, en el que uno sabe que el otro también ha visto lo que no debería verse.
Había algo en común —y no era el idioma, ni la edad, ni siquiera la profesión en su forma más simple—. Era otra cosa, una especie de marca invisible: habíamos sido empujados fuera de nuestros países por contar demasiado, por insistir, por no aprender a callar a tiempo. Algunos traían historias de cárceles, otros de huidas nocturnas, otros de bombas que caían demasiado cerca como para seguir escribiendo con calma. Pero todos, de algún modo, éramos periodistas de guerra, de justicia, de verdad —aunque esas palabras, allí, empezaban a sonar un poco gastadas, como monedas que han pasado por demasiadas manos.
Nos condujeron a una sala de juntas en las instalaciones de Ouest-France, que tenían algo de fortaleza moderna, de maquinaria silenciosa donde cada noticia parecía ya estar en movimiento antes de ser escrita. Y allí estaba él, esperándonos, como si hubiera llegado antes que nosotros a ese punto del relato.
Philippe Boissonnat.
No hizo falta que alguien lo anunciara. Había en su manera de ser una amabilidad especial, su experiencia se percibía. Es el jefe de redacción del Ouest France y su carrera es reconocida en el periodismo clásico francés.
Nos sentamos. Había que presentarse.
Y entonces empezó ese extraño ritual que no se parece a ningún otro: decir el nombre propio como si fuera apenas un prólogo, contar el país de origen como quien abre una herida con cuidado, hablar del exilio sin convertirlo en un discurso. Uno por uno, las historias comenzaron a desplegarse, pero no de manera lineal —nunca son lineales estas cosas—, sino a saltos, con interrupciones, con silencios que a veces decían más que las palabras, tantas historias conectadas en una telaraña de la informaciòn.
Nos presentamos en una sala de juntas dentro de las instalaciones del Ouest France, Alguien habló de una redacción clausurada. Otro de una noche en que los golpes en la puerta no eran una metáfora. Otro de la tortura dicha casi en voz baja, como si nombrarla demasiado fuerte pudiera devolverla, la radio Liberte tambien sono con su dial. Y sin embargo, en medio de todo eso, había también una obstinación común, una terquedad casi alegre: la de seguir siendo periodistas incluso cuando ya no había periódico, ni país, ni garantías, aun cuando la libertad de prensa es una ùtopia.
Boissonnat escuchaba.
No asentía de manera automática ni interrumpía. Escuchaba como si cada historia fuera, de algún modo, parte de la suya, o mejor dicho, de la historia mayor que él ayudaba a organizar desde su lugar en el periódico. Porque dirigir una redacción así —pensé en ese momento— no era solo decidir titulares o coordinar equipos, sino entender que el periodismo, en su forma más esencial, se alimenta de estas vidas desplazadas, de estas voces que han sido obligadas a cruzar fronteras para seguir comunicando, escribiendo, contando historias, haciendo democracia.
Cuando me tocó hablar, sentí —y esto es difícil de explicar— que no estaba empezando desde cero, que mi historia ya estaba en la sala de redacción antes de que yo la pronunciara. Tal vez porque todas se parecían en algo, o porque Francia, con su promesa de protección, nos había devuelto no solo un lugar, sino una posibilidad.
La posibilidad de volver, renacer, existir, escribir, ilustrar, pintar, narrar, hacer periodismo.
Volver al ruedo, sí, pero también volver a una casa editorial, a ese espacio donde las palabras recuperan su peso específico. Y esta vez, esa casa tenía la forma concreta de Ouest-France, con sus redacciones, sus millones de lectores, su ritmo incesante. Pero también tenía algo más: la sensación de que, al sentarnos allí, no éramos únicamente invitados.
Éramos, otra vez, periodistas en su espacio exterior.
Entramos en la inmersión como quien atraviesa una puerta que no termina de cerrarse detrás de uno. La redacción de Ouest-France ya no era solamente ese espacio ordenado de escritorios y pantallas: empezaba a desdoblarse, a mostrarse en capas, como si cada sección escondiera un ritmo propio, una respiración distinta. Los jefes de sección iban apareciendo —política, internacional, locales, cultura, deportes— y sus voces, al presentarse, no decían solo nombres sino maneras de mirar el mundo, de escribirlas desde el estructuralismo europeo, desde la tradiciòn de un medio que hace parte de la historia de Francia.
Mucho café, análisis, intercambio de conocimiento. Había algo casi coreográfico en ese primer encuentro: manos que se estrechan, sonrisas que intentan ser ligeras, preguntas que todavía no se atreven a ser del todo profundas. Y sin embargo, debajo de esa superficie, latía otra cosa. Nosotros lo sabíamos. Ellos, quizá también.
El almuerzo de bienvenida tuvo lugar en un salón de protocolo que parecía ajeno al ruido del mundo, como si allí las guerras llegaràn filtradas, convertidas en conversación, en análisis, en titulares posibles, en un show de desinformación. Pero ese día no. Ese día la guerra se sentó a la mesa con nosotros, la respiramos y la escribimos con las palabras.
La conversación giraba —inevitablemente— en torno a la tensión entre Estados Unidos e Irán. No era un tema más. Era una presencia, un dolor, un silencio, una injusticia, una mentira, una verdad, un sentimiento, era el nuevo orden mundial, y ahì desde un tabloide que sobrevivió a la segunda guerra mundial, periodistas de todo el mundo nos mirabamos con las palabras.
El periodista iraní —no diré su nombre, porque en ciertos casos los nombres todavía pesan demasiado— escuchaba en silencio, su nobleza intelectual significaba y resignificaba el dolor de la injusticia con sus palabras. A veces intervenía, con precisión, como quien mide cada palabra. Pero sus ojos… sus ojos estaban en otra parte. Había en ellos una tristeza quieta, densa, como si ya supiera algo que los demás apenas comenzábamos a intuir. No era solo preocupación política; era algo más íntimo, más irreversible.
Entre plato y plato, la conversación se fragmentaba, se desviaba, volvía a empezar. Fue en uno de esos desvíos —de esos momentos en que el tiempo parece distraerse— cuando alguien mencionó a Zara Murtazalieva.
Y entonces la atención se centró en ella, rubia, blanca y con la fuerza de la resistencia.
Su historia no se contó de una sola vez. Apareció en pedazos, como suelen aparecer las historias que han sido demasiado vividas: primero el dato —Moscú, arresto—, luego la causa absurda, casi burocrática: haber nacido veinte años antes en Chechenia, ese territorio donde la historia se escribe con violencia y se corrige con silencio.
«En aquel entonces, era normal que te pidieran los papeles», dijo alguien, repitiendo sus palabras.
Y uno imagina la escena: la detención, el instante en que una identidad se convierte en sospecha. El comienzo de esos ocho años y medio que no caben en ninguna cronología. Prisión. Condiciones espantosas. Y esa frase —seca, definitiva— que le dijeron el primer día:
“A partir de ahora, ya no existes”.
Hay frases que no se olvidan porque no terminan de decirse nunca.
La tortura, el trabajo forzado… palabras que en un contexto así dejan de ser abstractas. Se vuelven físicas, casi palpables, como si ocuparan espacio en la mesa entre los vasos y los cubiertos.
Y sin embargo, la historia no se detenía allí.
En septiembre de 2012, liberada. Luego, el exilio. París como un punto de llegada que no es todavía un hogar. Sola, sin familia, sin idioma. “No tenía nada más que mi testimonio”, había dicho.
Esa frase quedó suspendida en el aire.
Porque, en el fondo, todos en esa mesa sabíamos lo que significaba: cuando todo ha sido arrancado, lo único que queda es la historia. Y contarla no es una elección, sino una forma de seguir existiendo.
Alguien mencionó su trabajo con medios como Radio Liberté. Alguien más habló de sus empleos, de esa vida reconstruida a base de fragmentos, sin demasiados detalles, como si incluso ahora ciertas cosas prefirieran no ser dichas.
Y luego, casi inesperadamente, la risa.
“Es como si hubiera creado una segunda personalidad en Francia”, había dicho ella. “Empecé una nueva vida”.
La risa no borraba nada. Pero abría un espacio.
Volví a mirar al periodista iraní. Seguía en silencio, pero ya no era el mismo silencio. Era un silencio habitado, lleno de ecos, como si la historia de Zara hubiera tocado algo que no necesitaba explicarse.
En ese momento entendí —o creí entender— que aquel almuerzo no era una bienvenida en el sentido habitual. No se trataba solo de integrarnos a una redacción, de mostrarnos cómo funcionaba un gran periódico.
Era otra cosa.
Era el reconocimiento, casi tácito, de que el periodismo —ese que todos nosotros habíamos practicado en contextos extremos— no desaparece con el exilio. Se transforma. Se desplaza. Encuentra nuevas salas, nuevas mesas, nuevos interlocutores.
Pero sigue ahí.
Como una segunda vida.
O quizá como la única posible.
A las once de la noche, la redacción de Ouest-France comenzaba a transformarse en otra cosa. No era ya el espacio de las voces, de las discusiones, de los teclados apurados; era un organismo que descendía —literalmente— hacia sus entrañas. Y nosotros, ese grupo improbable de periodistas venidos de tantas geografías heridas, fuimos conducidos hacia allí, como si nos invitaran a presenciar no el resultado del periodismo, sino su fabricación más íntima.
Bajamos por un corredor largo, de luces blancas y sonido amortiguado, hasta que el ruido empezó a crecer, primero como un rumor distante y luego como una presencia física, casi corporal. Nadie hablaba mucho. Tal vez porque todos intuíamos que lo que íbamos a ver tenía algo de ritual, de ceremonia industrial donde la palabra se convierte en objeto.
La primera sala estaba dominada por las máquinas antiguas.
No eran antiguas en el sentido museístico —no estaban detenidas ni cubiertas de polvo—, sino en otro más sutil: conservaban una forma, una densidad, una lógica mecánica que parecía pertenecer a otra época. Eran grandes, pesadas, con estructuras metálicas que dejaban ver engranajes, cilindros, rodillos que giraban con una cadencia menos vertiginosa, más grave. El ruido que producían no era estridente, sino profundo, como un latido constante.
Alguien explicó —o tal vez lo imaginé— que esas rotativas habían sido durante décadas el corazón del periódico, cuando cada ejemplar requería más tiempo, más intervención humana, más paciencia. Había algo casi artesanal en ellas, a pesar de su tamaño. Como si cada página hubiera sido, en algún momento, el resultado de una negociación entre la máquina y el operario.
Nos detuvimos unos segundos. El periodista de Senegal pasó la mano por una de las estructuras metálicas, como si tocara una reliquia. El sirio miraba los rodillos con una concentración que parecía desproporcionada, pero no lo era: todos sabíamos lo que significaba que un periódico existiera físicamente, que pudiera imprimirse, circular, sobrevivir.
Luego avanzamos hacia la otra sala.
Y el contraste fue inmediato.
Las rotativas modernas no parecían máquinas en el sentido tradicional. Eran más limpias, más cerradas, más rápidas incluso a simple vista. El papel —enormes bobinas blancas que parecían inagotables— se desplegaba y corría a una velocidad casi incomprensible, como un río continuo que atravesaba la estructura metálica sin detenerse nunca.
Vimos cómo se imprimía el periodico. Primero, el papel en blanco, avanzando con una pureza casi abstracta. Luego, en cuestión de segundos, las páginas comenzaron a aparecer: imágenes, titulares, columnas de texto que se imprimían con una nitidez perfecta. El papel seguía avanzando, sin pausa, mientras era cortado, doblado, ensamblado. Todo en un solo movimiento continuo.
Miles de ejemplares por hora. Al interior del Ouest France una sala de proyección nos enseñaba la historia y la estructura del periodico.
Los paquetes de periódicos salían ya formados, apilados, listos para ser transportados en camiones, trenes, redes y todos los medios y canales de comunicación. Era de madrugada, los camiones esperaban para distribuirlos por todo el país, desde pequeñas ciudades hasta grandes centros urbanos. Antes del amanecer, esos mismos periódicos estarían en manos de lectores que tal vez no imaginaron —o no necesitarían imaginar— el recorrido que los había hecho posibles.
Miré a mis colegas, todos periodistas de puño y letra.
El periodista iraní observaba en silencio, pero esta vez su expresión era distinta: había en ella algo parecido a una reconciliación momentánea, como si ese flujo incesante de información impresa ofreciera una forma de continuidad frente a la ruptura que todos habíamos vivido. El colega de Haití sonreía levemente, con esa mezcla de asombro y cansancio que sigue a las experiencias intensas.
Pensé entonces que aquella visita nocturna no era solo un recorrido técnico.
Fue una experiencia inolvidable en mi desarrollo profesional, significaba reconectar con mi arte, mi oficio, mi vida, con la libertad de hacer periodismo de verdad.
Porque allí, en ese espacio dominado por el ruido, la velocidad y la precisión, el periodismo dejaba de ser una abstracción —una idea, un ideal, una lucha— y se convertía en algo tangible, casi obstinado: papel, tinta, máquinas que no se detienen.
La distancia entre Ouest-France y Libération no es solo editorial, sino casi filosófica: mientras el primero cultiva una virtud cada vez más escasa —la de narrar lo cotidiano con equilibrio, cercanía y una vocación de servicio que convierte lo local en esencial—, el segundo se afirma en la incomodidad, en la crítica y en la necesidad de sacudir al lector con una mirada abiertamente progresista que hunde sus raíces en el espíritu de Mayo del 68; así, donde Ouest-France construye comunidad y continuidad, Libération tensiona, cuestiona y reinterpreta la realidad, y en esa diferencia, lejos de anularse, ambos revelan sus mejores virtudes: uno como testigo confiable de la vida que transcurre, el otro como conciencia inquieta para la sociedad.
Y comprendí —con una claridad que solo aparece en ciertos momentos— que, pese a todo lo que habíamos perdido, a los exilios, a las censuras, a las historias que cargamos, había algo que seguía intacto, la vida, la libertad de pensamiento, la prensa que resiste a guerras, a la revoluciòn tecnológica y a un mundo que se configura de una manera diferente.
Cada noche, en lugares como este, la verdad —o su intento— volvía a imprimirse.
Una y otra vez, mientras los habitantes de Rennes dormían.
Como si el mundo, a pesar de todo, todavía mereciera ser contado, con la verdad en medio de la desinformación permanente de las redes sociales, de un facebook descontrolado, un youtube salvaje y un instagram de instintos primarios.
Hay lugares que no se entienden del todo cuando se los habita, sino después, cuando empiezan a mezclarse con otras historias, como si fueran piezas de un rompecabezas que alguien arma en otra parte. La Maison des Journalistes era uno de esos lugares que además se construyen con el espíritu propio de proteger la libertad de prensa y dar vida a la resistencia de la comunicación, desde que llegué de Colombia al exilio no fue fácil seguir en el periodismo, tuve en muchos momentos que pensar en renunciar a mi arte y sin duda a parte de mi vida, el cambio de cultura, de vida, idioma, estar a miles de kilómetros de mi origen, me llevaron en un momento a pensar que tenía que tirar la toalla, no obstante, me mantuve firme, empecé a colaborar en distintas cadenas con análisis informativos, la escritura nunca la solté, aprendí a resistir desde las montañas de Revin y ahora estaba en Rennes.
Al día siguiente, en Rennes, algo hizo clic, el desayuno estaba servido.
La sala de redacción de Ouest-France, con su historia nacida en la posguerra, con esa necesidad de reconstruir la verdad después de la mentira, empezó a conectarse —casi sin que nadie lo dijera en voz alta— con nosotros. Con los que estábamos allí. Con nuestras historias desplazadas, con nuestras interrupciones, con el valor de hacer periodismo en Irán, Rusia, Colombia, Senegal, Haití y Siria.
El titular en el Ouest France era claro: Ante las “noticias falsas”, los franceses creen en el periodismo, pero el 62% busca información… para confirmar sus opiniones. Luego del titular el periodico decía: “Nueve de cada diez franceses consideran importante el papel de los periodistas para distinguir la verdad de la mentira, pero más de seis de cada diez afirman buscar información para reforzar sus opiniones y convicciones. Así lo revela el décimo barómetro sobre la utilidad del periodismo, realizado por Viavoice para “Ouest-France”, France Télévisions, France Médias Monde y Radio France en el marco del Congreso de Periodismo celebrado en Tours del 7 al 11 de abril de 2026.
En ese momento me di cuenta que existe una confrontación en las industrias de la información y también comprendí que el periodismo hoy más que nunca es necesario para salvar las libertades, lo fundamental, los derechos civiles y proteger la democracia con humanismo y ética.
No era una comparación. Era una continuidad de lo que fue el periodico Senxura en el año 2013, un periodico que desapareció por la persecución estatal del entonces gobernador Carlos Amaya y de las cementeras Holcim y Argos en el centro de Colombia, el cual fundamos con el propósito de construir una prensa libre y crítica y que fue silenciado ante un Estado permeado por las mafias y la corrupciòn.
Mi mente viajó en el tiempo a Colombia pero regresó al Ouest France. Como si el periódico, nacido de una ruptura histórica, reconociera en nosotros otra forma de esa misma ruptura.
Cuando llegué a mi exilio en París también sentí una ruptura histórica en mi vida. Y en ese reconocimiento —silencioso, pero preciso— se producía algo raro: dejábamos de ser únicamente exiliados para volver a ser, aunque fuera por momentos, parte de una redacción, de un flujo, de una conversación mayor, de una historia de resistencia, sobrevivientes a la guerra de la informaciòn.
Después vino Nantes.
El viaje tuvo ese tono de transición, como si el relato se desplazara sin avisar de un capítulo a otro. Allí nos esperaban los jefes de la redacción regional, con otra experiencia, otro ritmo, menos central, más cercano al territorio. Y de pronto, sin demasiada preparación, nos encontramos en una rueda de prensa.
Un alto funcionario francés hablaba con orgullo —esa forma particular del orgullo técnico, casi administrativo— sobre la construcción del nuevo portaaviones, adelantada en la ciudad, símbolo de una potencia que se piensa a sí misma en términos de defensa y proyección. También mencionó la planta de Airbus, como quien enumera pruebas concretas de modernidad, de avance, de control.
Todo parecía ordenado, lógico, explicable.
Hasta que la tarde cambió de dirección.
El palacio de justicia apareció como un bloque solemne, casi hermético. Entramos. No se permitían cámaras. El espacio tenía algo de escenario contenido, como las cortes penales en las películas norteamericanas donde todo está dispuesto para que la verdad emerja… o para que se oculte mejor.
Dos hombres —argelinos jóvenes de unos 25 años— fueron juzgados.
La acusación era brutal: violaciones sistemáticas a 25 mujeres desde 2015 mientras asaltaban sus casas en las noches, se aprovechaban de que estaban solas e indefensas.
Pero lo que ocurría en la sala no era sólo jurídico. Era otra cosa. Los acusados parecían desbordados por una energía extraña, una mezcla de desesperación y negación que los volvía casi irreconocibles, como si la realidad misma les resultara intolerable. Hablaban, se movían, reaccionaron con una intensidad que rozaba lo irracional.
Delante, dos filas de ancianos.
Familiares de las víctimas.
Inmóviles. Dolidos.
Ese contraste —la agitación de unos, la quietud de otros— creaba una tensión difícil de sostener. Como si el tiempo no transcurriera de la misma manera para todos los presentes.
Y entonces, la interrupción.
Los acusados se declararon inocentes.
A pesar de todo: muestras genéticas, videos, pruebas acumuladas con esa frialdad meticulosa que suele tener la evidencia. La sesión se levantó. No hubo cierre, no hubo resolución. Solo una pausa, un aplazamiento que dejaba todo suspendido en el aire. Los jóvenes se declararon inocentes y la policía tenía todas las pruebas para inculparlos.
Salimos.
Nantes seguía ahí, intacta, como si nada hubiera ocurrido.
Pero algo había cambiado.
Tal vez porque en ese día —que había empezado con discursos sobre industria y poder— terminamos enfrentados a otra dimensión del mundo, más cruda, menos ordenada, donde la verdad no siempre logra imponerse con la claridad que uno espera.
Esa noche entendí —o creí entender— que todo estaba conectado.
La Maison des Journalistes, con sus historias interrumpidas.
Ouest-France, con su necesidad de reconstruir el relato.
La rueda de prensa, con su versión oficial del mundo.
Y la corte, con su violencia, su negación, su incertidumbre.
Todo formaba parte del mismo tejido.
Y yo, de alguna manera, volvía a estar dentro.
Volví al ruedo.
No como antes —eso ya no era posible—, pero sí con algo que se parecía a una raíz recuperada. Una forma de pertenencia que no dependía de un país, sino de una práctica, de una insistencia.
El periodismo.
Esa obstinación de mirar, de escuchar, de contar.
Incluso cuando todo parece fragmentarse.
Incluso cuando no hay garantías.
Como si, al final, no se tratara de otra cosa que de seguir narrando para no desaparecer del todo. La tarde llegó y el tren inició su retorno.









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