Andaba entre las ondulantes colinas del Eje Cafetero, Pereira se ha convertido en un ejemplo de crecimiento urbano sostenible y vitalidad cultural bajo el liderazgo del alcalde Mauricio Salazar Peláez. Con la iniciativa “Pereira lo Tiene”, la ciudad busca mostrar no solo sus paisajes escénicos – plantaciones de café que respiran neblina al amanecer, montañas que parecen suspendidas en el cielo y ríos que atraviesan el valle – sino también su economía dinámica, sus festivales vibrantes y la calidez de su gente. Más que un eslogan, el programa refleja la ambición de Pereira por posicionarse como un referente turístico a nivel nacional e internacional. El reconocimiento como Destino Turístico Sostenible por parte del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo subraya el compromiso de la ciudad con un desarrollo responsable y consciente del entorno natural. Durante 2024, Pereira registró cifras récord: una derrama económica superior a 20.000 millones de pesos durante la Semana Santa, una ocupación hotelera del 78%, más de 135.000 asistentes a eventos culturales y gastronómicos, y 359.000 visitantes que se desplazaron para admirar el tradicional alumbrado navideño. Estas estadísticas no solo reflejan la capacidad de la ciudad para atraer turistas, sino la consolidación de una estrategia coherente de promoción internacional. Eventos como las Fiestas de la Cosecha y la Ruta Gastronómica Santa ponen de relieve la diversidad cultural y la riqueza local, desde platos tradicionales hasta experiencias que combinan historia, música y paisaje. Mientras tanto, el Aeropuerto Internacional Matecaña, que en 2024 superó los 2,8 millones de pasajeros, confirma que Pereira y Risaralda están cada vez más conectadas con el mundo, transformando la región en un punto de encuentro global para viajeros interesados en naturaleza, cultura y sostenibilidad. El Eje Cafetero, con sus ciudades hermanas de Armenia y Manizales, demuestra que Colombia no es solo un país de destinos icónicos, sino un territorio donde el turismo responsable puede coexistir con la economía y la vida cotidiana de sus habitantes. Pereira, con su combinación de planificación urbana, patrimonio natural y dinamismo cultural, se proyecta como un destino mundial que invita a vivir experiencias auténticas, recordando que, en este pedacito de Colombia, el café no es solo una bebida, sino un símbolo de identidad, esfuerzo y hospitalidad que conquista a todos los visitantes. Escribo estas páginas desde un apartamento en París, en una calle estrecha donde el rumor de los autos se mezcla con el murmullo distante del Sena. A esta hora, cuando la tarde empieza a desteñirse sobre los tejados de zinc y las chimeneas alineadas como centinelas antiguos, la memoria viaja con una facilidad que asusta. Y viaja, inevitablemente, hacia Pereira, hacia el barrio Santa Teresita, hacia el cauce del río Otún donde comenzó la historia de Juan Carlos Valencia Montoya. Nació el 13 de abril de 1967. No en una cuna de privilegios ni bajo el amparo de apellidos rimbombantes, sino en un hogar sostenido por la voluntad férrea de una madre, Adiela Montoya, modista de profesión y trabajadora de fábrica, que con un salario mínimo levantó a cinco hijos como quien levanta una muralla contra la adversidad. Juan Carlos fue el menor. El último en llegar, el que aprendió pronto que el esfuerzo no era una virtud opcional sino una condición de supervivencia. En Santa Teresita, junto al río, la política no era una teoría sino una práctica rudimentaria: organizar convites, celebrar reinados populares, sostener la Semana Santa como una afirmación colectiva de identidad. Allí comenzó su liderazgo, no como un cálculo sino como una consecuencia natural de su carácter. Fue presidente de la Junta de Acción Comunal cuando todavía la palabra “comunidad” significaba vecinos que se conocían por el nombre y se ayudaban sin protocolos. Bajo su impulso se gestionó el puesto de salud del barrio, una conquista concreta, palpable, que aún hoy beneficia a cientos de familias. No era una obra monumental; era, precisamente por eso, una obra verdadera. Lo imagino joven, bachiller comercial contable del Instituto Comfamiliar de Pereira, destacándose como uno de los mejores alumnos de su promoción, consciente de que el estudio era una forma de emancipación. Más tarde, en la Universidad Católica Popular de Risaralda, cursando Administración de Empresas, sostenido primero por el sacrificio materno y luego por becas académicas y apoyos que reconocieron su disciplina. Después estudios en Ciencias Políticas en la Javeriana, el diplomado en Alta Gerencia en la ESAP, la especialización en Alta Gerencia en la Universidad Libre, los seminarios sobre historia empresarial y planeación con enfoque de género. Una formación sólida, técnica y política a la vez, como si hubiera comprendido desde temprano que el Estado no se transforma con buenas intenciones sino con conocimiento. Pero lo que distingue a Juan Carlos Valencia no es la suma de títulos, sino la continuidad entre su origen y su ejercicio del poder. Fue subgerente del Terminal de Transportes de Pereira, jefe administrativo, coordinador del Programa Nacional de Reinserción para Risaralda en los años difíciles de comienzos de los noventa, gerente de la Empresa de Energía de Pereira, secretario de Gobierno Municipal, concejal, diputado, representante a la Cámara, director del Área Metropolitana Centro Occidente, alcalde encargado en varias ocasiones, coordinador del Plan Nacional de Rehabilitación en la Presidencia de la República durante el gobierno de César Gaviria. Cargos que, en otras biografías, suelen marcar una distancia creciente entre el funcionario y la calle. En la suya, no. Desde este apartamento parisino, donde la política se discute en cafés y se teoriza en universidades centenarias, pienso que el verdadero liderazgo se mide en otro lugar: en la capacidad de no olvidar. Juan Carlos suele repetir que uno no llega a donde está olvidando de dónde viene. No es una frase retórica. Es una advertencia. Viene de un barrio donde la palabra dada tenía más peso que cualquier decreto, donde la comunidad era una red invisible pero firme. Su apostolado – si se me permite la palabra- ha sido servir a los pobres, entender el Estado como una herramienta para igualar oportunidades y no como un botín. En tiempos en que la política latinoamericana oscila entre la demagogia y el desencanto, su figura resulta incómodamente clásica: cree en la administración rigurosa, en la planeación, en la gestión pública como instrumento de transformación. No habla de revolución; habla de servicio. No invoca odios; invoca responsabilidad. Y quizá por eso su nombre vuelve a resonar en los escenarios políticos de Risaralda, no como una moda pasajera, sino como la persistencia de una trayectoria coherente. Mientras anochece en París y las luces se encienden sobre el río con una elegancia casi teatral, comprendo que este capítulo no es solo el retrato de un hombre, sino el testimonio de una idea: que el liderazgo auténtico no consiste en ascender, sino en permanecer fiel al punto de partida. Juan Carlos Valencia Montoya, el muchacho de Santa Teresita, el hijo de una modista, el dirigente formado en la disciplina del estudio y en la escuela áspera de la comunidad, encarna esa rara fidelidad. Pereira y el Eje Cafetero: un destino colombiano con proyección mundial Escribo desde París, pero esta noche no veo el Sena: veo la Plaza de Bolívar de Pereira iluminada, el murmullo expectante de una ciudad que, por unos días, dejó de mirarse el ombligo para mirarse en el espejo del mundo. Recuerdo el titular de la revista Semana, rotundo como una proclama republicana: “Con representantes de 17 países, comenzó la V Cumbre Mundial de Gobernabilidad y Democracia en Pereira”. No era una frase más en la vorágine informativa; era la constatación de que una ciudad intermedia del Eje Cafetero había logrado convocar a Iberoamérica alrededor de una discusión esencial: democracia, equidad de género y cambio climático. En esa escena, Juan Carlos Valencia no era un espectador protocolario, sino un articulador silencioso. Como asesor de Relaciones Internacionales de la Organización Democracia Mundial, entendió que la gobernabilidad no es una consigna sino una arquitectura delicada que se construye con diálogo, cifras y voluntad política. Mientras en los auditorios de la Universidad Tecnológica y en el recinto de la Asamblea Departamental se cruzaban acentos de Perú, México, Ecuador, España o Costa Rica, él insistía en una idea sencilla y profunda: la democracia -como la define la ONU- es la voluntad del pueblo; la gobernabilidad es lograr que esa voluntad se traduzca en desarrollo, derechos humanos, seguridad y libertad. El expresidente Ernesto Samper Pizano, con la autoridad de quien ha habitado el poder, lanzó una frase que agitó el debate: “La reforma tributaria es un sacrificio que se le pide a la gente”. Y evocó a Kennedy para recordar que no basta preguntar qué hace el gobierno por nosotros, sino qué hacemos nosotros por él. A su lado, voces como la de Jorge Chávez, expresidente del Banco Central del Perú, o la de Omar Yepes Alzate, diseccionaban la inflación y el equilibrio económico con el rigor de los técnicos. Carmen Quintanilla, parlamentaria de honor del Consejo de Europa, y otras figuras internacionales discutían la igualdad de género no como moda ideológica, sino como deuda histórica. Más de sesenta panelistas. Diecisiete países. Pereira convertida en foro continental y Juan Carlos Valencia el anfitrión y gestor de la Cumbre en Pereira. Desde mi ventana parisina comprendo que ese momento no fue casual. Fue el resultado de una biografía coherente. Juan Carlos Valencia, el muchacho nacido junto al río Otún, el hijo de una modista que sostuvo a cinco hijos con salario mínimo, el líder barrial que gestionó un puesto de salud en Santa Teresita, había aprendido que el poder solo tiene sentido cuando amplía horizontes. Su formación académica como administrador de empresas, estudios en ciencias políticas, especialista en alta gerencia, no lo apartó de la calle; le dio instrumentos para llevar la calle a los escenarios globales. Lo vi entonces moverse entre expresidentes, parlamentarios europeos y economistas de renombre con la misma naturalidad con la que años atrás organizaba convites en su barrio. No había impostura en su voz, ni deslumbramiento ante los títulos extranjeros. Había convicción. “Ojalá mandemos un mensaje al mundo de que en tiempos de polarización en Pereira nos escuchamos”, dijo. Y esa frase, sencilla y audaz, condensaba su estilo: tender puentes donde otros levantan trincheras. Hoy, como presidente de la Asamblea de Risaralda, su liderazgo tiene la legitimidad de las urnas y el peso institucional del cargo. Pero lo que lo distingue no es el sillón que ocupa, sino la continuidad entre el dirigente local y el interlocutor internacional. Ha demostrado que una ciudad puede dialogar con el mundo sin renunciar a su identidad, y que la política, cuando se ejerce con humanidad, puede ser un acto de elevación colectiva. Mientras París se sumerge en la penumbra y las luces se reflejan en el agua con una solemnidad casi teatral, pienso que aquella cumbre fue algo más que un evento. Fue una declaración de principios: que la democracia se fortalece cuando se abre, que la gobernabilidad se construye cuando se escucha, y que un hombre fiel a su origen puede llevar el nombre de su tierra más allá de sus fronteras sin perder la memoria del río que lo vio nacer. Recuerdo, con la nitidez que sólo concede la memoria cuando se mezcla con la admiración, aquellas tardes en Pereira en las que nos sentamos a tomar un café, mientras la ciudad parecía moverse al ritmo pausado de sus ríos y sus montañas. Hablábamos de proyectos y sueños, y yo veía en Juan Carlos Valencia un ímpetu inagotable, esa fuerza silenciosa de quien sabe que los grandes logros comienzan en la constancia diaria. Me viene a la memoria la emoción de organizar juntos la Cumbre Mundial de Gobernabilidad y Democracia ODM, de sentir cómo Pereira se transformaba en escenario internacional, convocando voces de todo el continente; y no menos intensa fue su participación en la Cumbre de Misiones en Argentina, en 2025, donde demostró una capacidad de gestión y una habilidad para construir relaciones internacionales tan precisas como estratégicas. Cada proyecto que acomete, cada mesa en la que se sienta, refleja esa combinación de visión, determinación y sensibilidad: un hombre que no solo imagina el futuro, sino que lo materializa, con la paciencia del que conoce la calle, el rigor del que domina la administración pública y la intuición de quien sabe escuchar al mundo sin perder la lealtad a su tierra. El protagonismo de Juan Carlos Valencia en Misiones Argentina El auditorio de la cumbre en Misiones, Argentina, estaba envuelto en un silencio que pesaba como un manto. Las luces blancas iluminaban a los panelistas, pero todo el mundo parecía mirar a Juan Carlos Valencia, diputado de la Asamblea de Risaralda y asesor internacional de la Organización Democrática Mundial (ODM). Se levantó con la serenidad de quien sabe que sus palabras cargarán un peso que no se mide en aplausos, sino en conciencias. El foro “Legislación para el desarrollo y la igualdad en Latinoamérica” se había convertido en un escenario donde el pasado y el presente de Colombia se cruzaban de manera inevitable: la violencia política, los años ochenta, los cuatro candidatos presidenciales asesinados por el narcotráfico, y hoy, la amenaza latente sobre líderes y activistas. Valencia habló con la precisión de un arquitecto, pero con el ardor de quien ha visto el horror de cerca y sabe que la historia se repite si se calla. Hubo un instante que quedó suspendido en el tiempo cuando pidió un minuto de silencio por el asesinato del Senador y candidato presidencial Miguel Uribe Turbay. El murmullo de la sala se extinguió. Se oía el roce de papeles, una respiración contenida, los relojes invisibles marcando segundos que parecían eternos. Algunos asistentes bajaron la cabeza, otros cerraron los ojos; los líderes internacionales, usualmente impasibles, mostraron gestos de respeto silencioso. Se sentía la presencia de quienes no estaban, las ausencias de la violencia y la injusticia, y la memoria de un país que aprende a vivir con la fragilidad de sus líderes. Por un momento, la cumbre dejó de ser un acto protocolario: se convirtió en un homenaje y en un recordatorio sombrío de lo que está en juego en la democracia latinoamericana. Cuando Valencia retomó la palabra, su voz no necesitó alzar el tono. Habló de los 174 líderes sociales asesinados en Colombia en 2024, de los 75 fallecidos en lo que va del año, de los treinta candidatos asesinados en México y de los funcionarios locales de Ecuador que habían caído víctimas del odio político. “Si hablamos de democracia, es dejar decir lo que la gente quiera decir, entender la diferencia y que sea la gente quien escoja”, dijo, y mientras pronunciaba esas palabras, se sentía cómo los asistentes absorbían cada frase como si fueran pulsos de advertencia. Sus gestos, medidos y claros, su mirada firme, proyectaban la convicción de quien sabe que el liderazgo se prueba en la defensa de los vulnerables. Al final, cuando la sala respiró de nuevo, la cumbre ya no era solo un evento internacional; era un testimonio del poder de la palabra y de la acción. Juan Carlos Valencia no era únicamente un diputado: era un hombre capaz de transformar la indignación en acción, el dolor en mensaje y la tragedia en lección, recordándole a todos que la democracia no se defiende con discursos vacíos, sino con valentía, memoria y humanidad. Pereira, con sus colinas ondulantes y ríos que atraviesan el valle, no solo ha logrado atraer visitantes, sino también construir un modelo de ciudad que refleja la conexión entre identidad y proyección internacional. Como señala El Diablo Existe Más de Dos Veces, “el poder se mide en la capacidad de transformar lo cotidiano en historia compartida”, y Pereira lo hace cada día, desde sus festivales culturales hasta la planificación estratégica que permite a la ciudad dialogar con el mundo sin perder su esencia. La derrama económica récord, la ocupación hotelera sostenida y la afluencia masiva de turistas no son meros números; son la evidencia de que la ciudad ha logrado consolidar una estrategia de desarrollo integral, donde la hospitalidad, la cultura y la sostenibilidad conviven como pilares de su crecimiento. En palabras del libro, “las cifras no explican el cambio; lo hacen los hombres y mujeres que sostienen la ciudad con constancia silenciosa”, recordando que detrás de cada logro hay personas y liderazgos comprometidos. El liderazgo de Juan Carlos Valencia Montoya es el hilo que conecta la historia local con los escenarios globales. Desde el barrio Santa Teresita hasta la Asamblea de Risaralda y las cumbres internacionales, su trayectoria refleja la ética y la coherencia que El Diablo Existe Más de Dos Veces describe como fundamentales: “quien conoce el origen de su fuerza jamás la desperdicia en vanidad; la convierte en impacto real”. Su habilidad para traducir las necesidades de la comunidad en políticas concretas, y su capacidad para construir puentes entre actores locales e internacionales, demuestran que el verdadero liderazgo no se limita a ocupar cargos, sino a ejercerlos con memoria, responsabilidad y visión. Como advierte el libro, “las raíces profundas sostienen los vuelos más altos”, y Juan Carlos Valencia encarna esa lección, llevando a Pereira al escenario global sin olvidar el cauce del río Otún que lo vio nacer. Cuando leo El Diablo Existe Más de Dos Veces en un apartamento parisino, entre el murmullo distante del Sena y el rumor constante de los autos en las calles estrechas, me traslado de inmediato a Pereira, a sus plazas iluminadas, a los balcones coloridos del barrio Santa Teresita, a las montañas que se recortan sobre la neblina matinal. La literatura tiene ese poder casi mágico: Balzac, con La Comedia Humana, siempre buscó entender el poder desde el arte, diseccionando las pasiones, las ambiciones y las contradicciones de quienes lo ejercen; y yo siento, leyendo este libro, que la historia de Juan Carlos Valencia Montoya, sus conquistas, su ética y su vínculo con la ciudad, se revela con la misma claridad que Balzac encontraba en los salones y calles de París. Cada frase me transporta, como si los ríos y avenidas de Pereira flotaran sobre los tejados y chimeneas de esta ciudad europea, recordándome que el poder y la memoria, la política y la cultura, no son asuntos de cifras o cargos, sino de humanidad, de constancia y de mirada profunda sobre quienes hacen posible que la vida comunitaria florezca. Y mientras cierro el libro y dejo que sus palabras resuenen en la quietud del apartamento, me sorprende cómo Pereira se despliega ante mí con la precisión de un escenario literario: sus calles empedradas, las fachadas de colores que parecen dialogar con la historia, los cafés donde se discute política y poesía, y las plazas donde los niños juegan mientras los adultos recuerdan que cada decisión tiene peso en la vida de todos. Pienso en Balzac y su mirada minuciosa sobre la Comedia Humana, y comprendo que aquí, como en sus novelas, el poder no se reduce a jerarquías ni a títulos: se revela en la forma en que los líderes escuchan, gestionan y sostienen a su gente. Juan Carlos Valencia, con su liderazgo que combina cercanía y visión, encarna esa lección: que la política se transforma en arte cuando se ejerce con memoria, sensibilidad y compromiso, y que la cultura, las tradiciones y la arquitectura de Risaralda no son un simple telón de fondo, sino un espejo donde la historia y el presente dialogan, recordándonos que, como advierte El Diablo Existe Más de Dos Veces, “la resistencia y la ética se encuentran en quienes no se rinden ante el poder, sino que lo usan para mantener viva la memoria de su gente”.