Caminaba despacio con la rapidez de un intelectual humanista por las montañas de Colombia, de distintas colombias. No tenía prisa pero corría. Nunca la tuvo en esos caminos que parecen trochas. El aire era frío y delgado como en el caribe que sofoca, y le cortaba la cara con una hoja suave que cae con ortiga en la piel. Respiraba hondo, como si cada respiración tuviera que ganarse para no dejar de existir. Era un hombre flaco. No por debilidad, sino por años de andar donde no hay comida fija ni mesa segura, la guerrilla intelectual de sus ideas era de ultraderecha. La piel estaba quemada por el sol de altura. Sus ojos miraban de frente tal cual como cuando me miraban desde su ataúd, sin adornos. Habían visto demasiado campo para distraerse con cosas pequeñas, al final solo veían a los personajes que acompañaron su escritura. “El país se entiende escuchando a quienes lo han caminado y sufrido, no mirándolo desde arriba.” dijo antes de morir. Llevaba botas gastadas. Ya no eran nuevas desde hacía mucho tiempo. El barro se había quedado en las costuras de las calles capitalinas que enaltecen el centro andino. El pantalón oscuro estaba gastado en las rodillas como si fuera Arturo Calle quien se cansó de caminar por las calles. Una chaqueta simple, de esas que no llaman la atención en ninguna parte cubría su espíritu. En el campo, eso es lo único que importa, el espíritu, hasta el café se toma con calma para empezar el día con coraje. Alfredo Molano, hizo visible a Colombia desde abajo, mostrando que el país no se entiende únicamente desde sus instituciones o sus élites, sino desde los caminos de la gente que lo ha construido en silencio. Yo estaba en su funeral y él partía. Molano nació en Bogotá en 1944 y desde joven se inclinó por la sociología y la literatura, estudió en la Universidad Nacional de Colombia y más tarde en Europa, donde amplió su mirada sobre las ciencias sociales y el periodismo; de regreso al país, abandonó el escritorio como único lugar de conocimiento y se internó durante décadas en los territorios rurales, especialmente en zonas de colonización y conflicto armado, recorriendo selvas, llanos y montañas para escuchar directamente a campesinos, colonos y víctimas, cuyas voces convirtió en el eje de su obra; a lo largo de su vida fue sociólogo, periodista, cronista y escritor, publicó libros fundamentales sobre la violencia, la tierra y el desplazamiento en Colombia, defendió siempre la importancia de la memoria oral como forma legítima de historia, enfrentó exilios y controversias por sus posiciones críticas, y hasta sus últimos años siguió caminando el país. Caminaba con el peso del cuerpo un poco hacia adelante, como hacen los que han subido muchas lomas. No era cansancio. Era un hábito. El cuerpo aprende el terreno, la piel es dura en la selva, el exilio es aire en la oscuridad. A veces se detenía. No decía nada. Miraba las montañas como si estuviera escuchando algo que los otros no podían oír. El viento pasaba entre la hierba alta. Las nubes bajaban y volvían a subir. Todo seguía. Luego seguía caminando. Había vivido mucho tiempo escuchando historias. Ahora parecía que las historias lo seguían a él. No como recuerdos, sino como compañía. En estos últimos días, Aguas arriba el mundo era simple. Piedra, aire, camino. Y un hombre que avanzaba sin ruido, como si todavía hubiera algo que terminar antes de que la noche invadiera su vida, de su camino, de sus aguas, de su causa, de su conocimiento, de sus reflexiones, de su todo en la nada. Asistí al funeral de Alfredo Molano como se asiste en los pueblos a las cosas que uno no entiende del todo pero siente que le pertenecen, era el entierro de la Colombia de abajo que es mirada desde arriba. No era solo el entierro de un hombre, sino el modo en que un país aprende a despedir a los suyos sin saber si los está perdiendo o devolviendo a la tierra, era la despedida, Alfredo viajaba a su último exilio, la muerte. El pueblo estaba vestido con una tristeza sencilla, la funeraria Gaviria de la carrera 13 con calle 44 en el centro de Bogotà estaba abajo de la élite que siempre la veía desde arriba. Las mujeres llegaron con dolor y alegría, con flores que no parecían de duelo sino de visita. Los hombres se quedaron un poco atrás, como si el dolor tuviera que ser primero domesticado antes de poder mirarlo de frente. En la plaza, el aire olía a café reciente y a madera mojada, el estallido social se escuchaba en las calles, el sonreía en su ataúd. El ataúd estaba allí, quieto, antes de ser trasladado a la capilla de la Universidad Nacional de Colombia, un lugar cargado de simbolismo revolucionario. Con esa paciencia que solo tienen las cosas que ya no esperan nada, la resignación de un pueblo resignado. El rostro de Alfredo Molano —extrañamente sereno, sonriente, feliz— parecía haber encontrado su lugar, todos lo miraban desde arriba y el estaba allì abajo, donde todos terminaremos este camino, donde siempre quiso estar. Una conversación secreta se murmuraba en las paredes de la funeraria Gaviria con algo que los demás no podían oír. Llevaba un corbatín sencillo y un traje blanco que no imponía distancia, más bien lo acercaba a la gente, como si todavía estuviera entre ellos tomando notas invisibles del mundo, como si la muerte fuera un festejo y no una tragedia. Alguien dijo su nombre en voz baja, y ese fue el verdadero comienzo del silencio. Cuando llegó Ernesto Samper Pizano, ex presidente de Colombia nadie lo anunció, camino como en su propio entierro. Simplemente apareció entre la multitud como aparecen los recuerdos incómodos, cómodos y sin comodidad: sin pedir permiso. Su rostro no tenía espectáculo, solo una tristeza contenida, de esas que se sostienen por disciplina. Disidentes que no eran disidentes sino firmantes de Paz de las FARC se acercaron al recinto con disidencia, Samper se quedó de pie unos segundos, mirando el ataúd como quien reconoce en él no solo a un hombre, sino a una época que también se va sin hacer ruido. El progresismo, si es que esa palabra puede caber en un gesto humano, parecía haberse quedado sin abrigo en ese instante. El pueblo entero guardó silencio, pero no un silencio vacío, sino uno lleno de cosas pequeñas: el roce de los zapatos sobre la tierra, el llanto que no terminaba de salir, el viento moviendo las hojas de los árboles como si también estuvieran pasando página, las páginas de sus libros que nunca van a morir. Cuando el cortejo comenzó a moverse, nadie empujó. Fue el pueblo el que acompañó, despacio, como si no quisiera que el camino no terminará nunca. Y en ese andar lento, entre pasos y flores. Alfredo Molano siempre quedará en la memoria de los otros como una forma de conversación que no se interrumpe del todo y que existe en ellos. Un fotoperiodista italiano me acompañaba como testigo, Bogotà vivía aún el estallido social, Alfredo Molano murió mientras Colombia explotaba con sus juventudes y el moría de la risa. Era el fin de una época, se fue así, no como una noticia, sino cómo se van los ríos cuando cambian de cauce pero no de ideas, dejando detrás un mapa invisible que el pueblo, sin saberlo, seguiría leyendo durante mucho tiempo, sus ideas, sus investigaciones, su obra, su arte colectivo, su caminar, su vida y hasta su muerte. Yo tenía un vuelo a Berlín Alemania, durante el vuelo imagine las montañas que nunca recorrí leyendo el camino que ahora puedo comprender. Navegación de entradas Ventanas abiertas al viento que interroga las respuestas perdidas