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Ministro de Justicia de Colombia: escribir donde gobierna el miedo

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“Cuando la justicia incomoda al poder ilegal, nacen mártires como Lara Bonilla.” La muerte del ministro llegó tal cual como llegan las pesadillas que no hacen ruido al principio en los sueños de la política. Era de noche, Bogotá respiraba con ese cansancio de la inseguridad que ni siquiera Galàn en el 2026  pudo controlar, y el automóvil avanzaba por una calle cualquiera, una de esas calles que no saben que van a entrar en la historia. Dentro iba Rodrigo Lara Bonilla, todavía con la voz del deber resonando en el pecho, todavía creyendo quizás que él podía mirarse al espejo sin bajar la mirada.

Recordar a Lara Bonilla es recordar el precio de decir la verdad en tiempos de miedo. Afuera, la ciudad parecía intacta, pero ya estaba rota. El ataque fue rápido, como si la violencia hubiera aprendido a ser eficiente. En segundos, el poder del narcotráfico dejó su firma. No una amenaza, sino una ejecución que buscaba enseñar. El mensaje no iba dirigido solo a un hombre, sino a un país entero.

Después vino el silencio, ese silencio espeso que no se parece al descanso sino al miedo. La noticia se propagó como una grieta. redacciones enmudecidas, radios que repetían el nombre del ministro con una incredulidad torpe, familias enteras entendiendo que algo había cambiado para siempre. No fue solo el asesinato de un funcionario; fue la muerte simbólica de una frontera. Desde esa noche, Colombia supo que la ley podía ser alcanzada y que la palabra justicia podía ser acallada a balazos, que desgracia la de Colombia, así asesinaron al ex ministro Lara. En su muerte, Colombia reconoció la urgencia de enfrentar el poder del narcotráfico. 

Escribo desde un pequeño apartamento en Reims Francia desde donde he conectado via zoom con el Ministro Idarraga, el actual ministro de justicia del gobierno del presidente colombiano Gustavo Petro. Mientras inicia la entrevista, la luz entra con timidez, como si también dudara, como si al igual que todo el pueblo boyacense tuviera miedo de denunciar su existencia en la oscuridad verde. Sobre el escritorio se amontonan recortes mentales de un país que nunca termina de irse; la nación del realismo mágico. 

Afuera, la ciudad sigue su ritmo elegante e indiferente; fríamente europeo, eurocentrista.  Mientras ordeno las notas para esta entrevista, recuerdo la Colombia de los años ochenta, cuando Pablo Escobar no era sólo un capo sino una pedagogía del terror. Entonces, el Estado aprendió a golpes que la palabra podía costar la vida. Periodistas asesinados, jueces silenciados, ministros ejecutados. El miedo se volvió paisaje, hoy en Boyacà reina el miedo dijo recientemente en una rueda de prensa el Ministro Idarraga.

Una mujer toma café frente a mí. No habla. Observa. Su taza se vacía y se vuelve a llenar, como si el tiempo circulara en ese gesto mínimo. Me mira escribir, me mira pensar, me mira volver una y otra vez a ese país donde la violencia aprendió a disfrazarse de normalidad, tengo una ruana tejida en Nobsa puesta para resguardarme del frío antes de iniciar la entrevista. Su presencia no interrumpe, acompaña. Hay miradas que no preguntan, pero exigen precisión.

Desde este exilio, entrevistar al ministro de Justicia de Colombia, Andrés Idárraga, no es un ejercicio de actualidad política; es un acto de memoria, de información real, de evidencia para la historia. Porque hablar hoy de corrupción, narcotráfico y miedo implica dialogar con los fantasmas de Escobar, con la sombra larga de una economía criminal que nunca se fue, solo se refinó, con las mafias polìticas de los ñoños, de Amaya, del centro democratico, de los rusos que invadieron la cuna de la libertad. En los ochenta, la cocaína viajaba en aviones; hoy lo hace en contenedores, mezclada con carbón, con coque, con papeles en regla que salen desde la Boyacà grande.

Cuando Idárraga me habla de Boyacá, lo hace sin grandilocuencia. Dice una frase que se queda flotando en la habitación del Grand Est de Francia, entre el café de la mujer y mis notas:
En Boyacá reina el miedo.
No lo dice como consigna. Lo dice como diagnóstico.

Le pido que explique. Que lo haga despacio.
Hicimos una audiencia pública en Tunja. Recibimos cerca de cien denuncias. Muchas fueron anónimas. La gente dejaba un sobre y se iba sin decir su nombre. Ese gesto dice más que cualquier discurso.

Mientras lo escucho, recuerdo cómo en la época de Pablo Escobar el miedo era ruidoso: bombas, sicarios, listas negras. Hoy es más silencioso, pero no menos eficaz. Idárraga lo confirma:
Quienes denunciaron quedaron sin empleo. Otros llevan más de diez años esperando respuesta de la Fiscalía. La justicia pausada también es una forma de violencia.

La mujer vuelve a tomar café. Me observa cuando levanto la mirada, como si entendiera que esta conversación no ocurre solo en una pantalla, sino en varias capas de tiempo superpuestas. Le pregunto al ministro por las cifras, por el presupuesto de Boyacá, más de 1,6 billones de pesos, y por la paradoja de un territorio rico en recursos, pero pobre en garantías.

Luego abordamos el tema inevitable: el narcotráfico.
– Más de 2,4 toneladas de cocaína salieron camufladas en carbón desde Boyacá hacia Bélgica – le digo – ¿Estamos frente a un nuevo modelo criminal?
Idárraga no esquiva la pregunta.
Esto no fue un hecho aislado. No fue un camioncito. Cuando una carga así cruza medio mundo, hay estructuras, hay logística, hay protección.

Pienso en los titulares recientes: periodistas amenazados, medios locales silenciados, denunciantes obligados al exilio. Le pregunto si no estamos repitiendo, con otros métodos, la misma historia.
El narcotráfico aprendió a mezclarse con la legalidad, responde. Y cuando eso ocurre, el miedo ya no necesita balas; le basta con contratos, silencios y advertencias.

Le habló entonces desde mi lugar, no solo como entrevistador, sino como periodista colombiano que escribe lejos y en el exilio. Le digo que hoy muchos colegas no publican por miedo, que otros firman con iniciales, que algunos ya no investigan.
El miedo neutraliza, le digo.
Por eso hay que nombrarlo, responde. Y por eso el periodismo sigue siendo clave. Sin prensa libre, el Estado queda ciego.

La mujer deja la taza sobre la mesa. El sonido es leve, pero definitivo. Me mira como si esa frase también fuera para mí. Entiendo que esta entrevista no busca consolar, sino dejar constancia. En la Colombia de Escobar, la violencia quiso imponer el silencio absoluto. En la Colombia de hoy, el riesgo es más sofisticado y hace que la verdad se diluya entre expedientes dormidos y amenazas invisibles.

Antes de despedirnos, Idárraga dice algo que anotó sin corregir:
La democracia no se defiende solo con leyes, sino con personas dispuestas a sostenerlas cuando incomodan.

Cierro el computador. Colombia vuelve a latir con su mezcla de rabia, miedo y obstinación. La mujer toma el último sorbo de café y sonríe apenas, como si supiera que escribir esto no cambia el mundo de inmediato, pero evita algo peor, que el miedo escriba la historia y se apodere de Boyacà. 

Escribo desde la herida abierta de Boyacá, donde la justicia parece un eco lejano que se pierde entre oficinas cerradas y promesas vacías. Yo, que aún intento creer en la rectitud de la ley, me descubro habitando una desesperanza espesa, casi irrespirable, como si la corrupción hubiera aprendido a nombrar cada rincón de nuestra realidad. En este estado de desvelo y lucidez amarga, encuentro en los versos de Arthur Rimbaud una forma de decir lo indecible: ese miedo que no llega, sino que fermenta en nosotros, ese espejo roto donde la verdad ya no se reconoce. Presento este poema como quien lanza una última chispa en la oscuridad, no porque crea que iluminará el camino, sino porque aún me niego a dejar que la noche tenga la última palabra. 

En la garganta del viento crece el miedo,
no como un grito, sino como un humo lento
que aprende a nombrar la noche.

Yo he visto su sombra —
no en los ojos, sino detrás del pensamiento,
donde arde un sol enfermo
y las palabras se pudren antes de nacer.

El miedo no llega: fermenta.
Es un vino negro en venas adolescentes,
una fiebre que no pide cuerpo,
un relámpago sin cielo.

Dans la gorge du vent grandit la peur,
non comme un cri, mais comme une fumée lente
qui apprend à nommer la nuit.

J’ai vu son ombre —
non dans les yeux, mais derrière la pensée,
où brûle un soleil malade
et les mots pourrissent avant de naître.

La peur n’arrive pas : elle fermente.
C’est un vin noir dans des veines adolescentes,
une fièvre sans corps,
un éclair sans ciel.

Arthur Rimbaud fue un poeta francés del siglo XIX 

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Daniel Mejía Lozano

CEO de Senxura, escritor y periodista. Sus obras, “Un Grito en París y El Dorado si Existe” inscritas un realismo dramático y humanista, explora las relaciones entre poder, violencia, territorio y memoria desde una prosa de alta densidad narrativa. Formado en Comunicación Social y Periodismo en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, es columnista permanente en medios de Iberoamérica, donde ha construido una voz autoral reconocible en el espacio cultural y geopolítico.

Reside en Francia desde el año 2022. Su trayectoria ha sido reconocida en escenarios de alto relieve internacional: en el año 2025 obtuvo la carta de ciudadano de París otorgada por la alcaldesa Anne Hidalgo en el marco del día mundial de la libertad de prensa postulado por La Maison des Journalistes, Ha ejercido el periodismo investigativo judicial y político así como también en algunos de los escenarios más visibles de la cultura y la actualidad contemporánea.

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