Nobsa, en Boyacá, parecía un pueblo detenido en una respiración antigua, con sus casas de teja y su viento frío bajando de las montañas como si trajera noticias de otros siglos. Pero había noches —decían los que aún se atrevían a escucharlas— en que el aire cambiaba de densidad y el silencio empezaba a hablar con voces que no pertenecían a ese valle.“El silencio después del estallido no era silencio: era una voz que aprendió a quedarse dentro de los huesos.”
Entonces llegaban los ecos de Chernóbil.
No como sonido directo, sino como una interferencia en la realidad, un murmullo que atravesaba el hierro, el cemento y la memoria de la tierra. Se decía que era la planta de cemento la que abría esa grieta invisible: una estructura gris, monumental, que durante el día escupía polvo blanco sobre los cerros y durante la noche parecía respirar como un animal cansado. Algunos aseguraban que su corazón industrial era tan inestable como una central nuclear, que su ruido era una forma de radiación sin nombre.
Los habitantes aprendieron a convivir con esa sospecha. En las madrugadas, cuando el viento bajaba sin aviso, las paredes vibraban con un lenguaje que nadie había enseñado. Voces fragmentadas, órdenes rotas, nombres pronunciados en ruso que no pertenecían a ninguna geografía visible. Era como si el desastre de Chernobyl disaster hubiera encontrado una manera de repetirse lejos del reactor, desplazado por el tiempo pero no por la energía del miedo.
La planta de cemento, entonces, dejaba de ser una fábrica para convertirse en una pregunta. Una maquinaria que no distinguía entre producción y amenaza, entre progreso y ruina. Los camiones entraban y salían como si transportaran algo más que materiales: transportaban una duda pesada, un polvo que se quedaba en los pulmones del paisaje.
Y el pueblo, suspendido entre la rutina y la sospecha, aprendía a mirar el horizonte con una prudencia nueva. Porque en Nobsa, como en Chernóbil, el peligro no siempre explotaba: a veces simplemente continuaba funcionando.
“La moral ambiental europea termina donde empiezan sus intereses corporativos en el Sur Global.” En abril de 2026, un tribunal de París dictó una de las condenas más contundentes contra la filial del grupo Holcim, al declarar culpable a Lafarge por financiación del terrorismo debido a pagos realizados entre 2013 y 2014 a grupos armados en Siria, incluido el Estado Islámico; la justicia estableció que la empresa desembolsó varios millones de euros para mantener operativa una planta en medio del conflicto, imponiéndole una multa superior a los mil millones de euros y condenando a prisión a varios de sus exdirectivos, entre ellos Bruno Lafont, en un fallo que no solo sacude la estructura jurídica del conglomerado sino que reabre el debate sobre la responsabilidad real de las multinacionales europeas cuando sus operaciones en territorios en guerra entran en tensión con los principios que públicamente defienden.
La enfermedad no llega de golpe; se insinúa como una humedad lenta que se instala en el cuerpo sin pedir permiso. Primero es una tos leve, casi doméstica, que se confunde con el polvo del camino o con el aire seco de las mañanas; después, la fatiga se vuelve una compañía constante, una especie de peso invisible que se sienta en el pecho y no se levanta.
En los últimos días, el cuerpo deja de ser un territorio propio y se convierte en un campo sitiado: el aire entra como si pidiera permiso y aun así hiere, cada respiración es un esfuerzo que arrastra consigo un cansancio antiguo, acumulado como polvo en las paredes de la memoria. El dolor ya no tiene centro; se dispersa, se multiplica, cambia de forma sin aviso, como si aprendiera a sobrevivir dentro del organismo que lo contiene.
La piel pesa, los huesos responden con una lentitud quebrada, y hasta el silencio de la habitación adquiere una densidad insoportable, interrumpido apenas por el sonido irregular de una vida que insiste en no irse del todo. Afuera, el mundo continúa con su indiferencia mecánica; adentro, el tiempo se ha vuelto una sustancia espesa, donde cada segundo parece una negociación entre la permanencia y la desaparición, entre lo que aún respira y lo que ya comienza a apagarse.
“Hablan de ética climática desde Bruselas, mientras externalizan el daño a países donde la justicia ambiental llega tarde o no llega.” La vida sigue alrededor de la planta cementera, con su humo disciplinado y su ruido metálico, como si nada en particular ocurriera, mientras el cuerpo va acumulando, sin lenguaje, aquello que no se ve pero insiste. Cuando el diagnóstico finalmente nombra el cáncer, no es solo el inicio de la lucha médica, sino la irrupción de una certeza retrospectiva: cada síntoma era una advertencia que nadie supo leer.
Entonces el tiempo cambia de textura; los días se vuelven salas de espera, resultados impresos, viajes repetidos al hospital, y la memoria empieza a reorganizarse en torno a una pregunta incómoda que no tiene respuesta fácil: en qué momento el aire dejó de ser aire y se convirtió en otra cosa.
La discusión sobre la actuación de ciertas multinacionales europeas en América Latina ha dejado de ser un asunto técnico para convertirse en una pregunta incómoda de coherencia ética global: mientras en sus países de origen proyectan la imagen de corporaciones alineadas con la transición verde y la responsabilidad social, en territorios latinoamericanos múltiples denuncias apuntan a que proyectos mineros e industriales han dejado huellas persistentes en ecosistemas frágiles, fuentes hídricas y condiciones de salud pública, trasladando los costos reales de la producción a comunidades con menor capacidad de defensa institucional; el resultado es una asimetría difícil de ignorar, en la que el lenguaje corporativo de la sostenibilidad convive con realidades locales marcadas por conflictos socioambientales, litigios y desconfianza.
Más que un simple choque regulatorio, lo que se evidencia es una tensión estructural entre el discurso global de “buenas prácticas” y la materialidad de sus impactos, que alimenta la percepción de que la responsabilidad social empresarial, en ciertos casos, opera más como narrativa de reputación que como límite efectivo a la generación de daño.
El expediente internacional de Holcim, heredado en buena medida de las operaciones de Lafarge, dista de cerrarse tras la reciente condena en Francia y se extiende hoy a múltiples jurisdicciones que examinan distintas aristas de su actuación global: en París continúa el proceso por presunta complicidad en crímenes de lesa humanidad relacionados con su filial en Siria, donde exempleados y organizaciones de derechos humanos alegan que la empresa operó en condiciones que afectaron la seguridad de trabajadores y comunidades.
En el Valle de Sogamoso (Boyacá), la operación de Holcim por el coprocesamiento de residuos peligrosos ha sido objeto de denuncias formales y solicitudes de investigación ante autoridades ambientales y la Fiscalía, según reportes de comunidades y organizaciones sociales que advierten posibles impactos en la calidad del aire y riesgos para la salud pública. Estos señalamientos se apoyan en estudios técnicos y alertas sobre la emisión de contaminantes asociados a procesos de incineración industrial, incluidos compuestos con potencial carcinogénico, lo que ha elevado la presión para aplicar el principio de precaución desarrollado por la jurisprudencia de la Corte Constitucional colombiana en materia de ambiente sano.
El congresista electo Jose Luis Bohorquez ha señalado durante su campaña legislativa su intención de impulsar debates de control político en el Congreso de la República en torno a la operación de la industria cementera en Boyacá, incluyendo a Holcim, con el propósito de exigir explicaciones sobre los impactos ambientales asociados al coprocesamiento de residuos y la vigilancia de las autoridades competentes. En sus intervenciones públicas, ha planteado la necesidad de que estas empresas comparezcan ante el legislativo para responder por las denuncias comunitarias relacionadas con posibles afectaciones a la salud y al ambiente, en un contexto de creciente presión social y jurídica contra la multinacional Suiza.
Nunca nombré mi ciudad natal y tampoco en la que vivía. Bastaba con recorrer sus calles y sentir el aire cargado de polvo industrial, dioxinas tóxicas y material particulado para entender que allí se tejían historias de lucha, olvido y resistencia. La niebla de las chimeneas se mezclaba con el aroma del pan recién horneado y el café fuerte que la gente bebía antes de enfrentar los días interminables. Yo, un periodista entrando en la tercera década de vida, caminaba entre calles grises y techos oxidados, sintiendo en la piel la historia de generaciones que habían trabajado la tierra y el hierro sin tregua.
El Valle de Sogamoso despertaba lentamente. Los cerros verdes se dibujaban sobre un cielo gris plomo, y los ríos que serpenteaban entre los pueblos llevaban consigo recuerdos de colonizaciones, de familias francesas que llegaron hace más de un siglo para fundar las acerías Paz del Río en Belencito. Aquella mezcla de industria y naturaleza creaba un escenario tan contradictorio como mi propia vida: belleza y muerte entrelazadas. Caminando por los senderos de Boyacá, podía sentir la memoria del carbón, la sal del río y la tierra húmeda que alimentaba los cultivos, testigos silenciosos de la labor y la historia de sus habitantes.
Desde que comencé a investigar la epidemia de cáncer, mi mundo se había transformado en un laberinto. Vi algunos ancianos cuya memoria se perdía entre hospitales y polvo, niños con ojos grandes llenos de miedo y esperanza, y madres que sostenían cuerpos que la injusticia industrial había quebrado.
Cada testimonio era un golpe que dolía en la garganta y en el corazón. Rafael “El Mudo” Gutiérrez, obrero de mirada dura, me contó cómo el polvo de toxinas había matado a su hermano, y cómo Holcim, la cementera suiza, vertía residuos en los ríos sin que nadie lo cuestionara. María del Carmen, campesina de manos secas y rostro arrugado, me mostró los campos donde el suelo parecía enfermo, como si llorara por sus hijos, y Jorge “El Carbón” Pineda narraba los caminos que recorría de noche, transportando cargas que mataban lentamente a quienes trabajaban en el valle, muchos residuos llegaban en la noche para ser quemados, reemplazar el carbón y producir dinero.
Lucía apareció entre la bruma un día de marzo. Tenía veinte años y un brillo en los ojos que desafiaba la tristeza. Su risa era un conjuro, y su cercanía me devolvía un poco de humanidad entre tanto miedo. Caminábamos por los senderos del valle, mientras los pájaros levantaban vuelo y el aroma a tierra húmeda nos envolvía. Cada encuentro con ella era un acto de resistencia, un espacio donde podía respirar y recordar que el amor también florece en medio de la persecución.
“Europa se viste de verde en sus discursos, pero su prosperidad industrial se construye sobre territorios donde la vida humana es un costo invisible.” Mi persecución comenzó con el hoy cuestionado gobernador Carlos Amaya. Doce años de gobierno y alianzas con mafias locales lo han llevado a la gloria de la impunidad ante una Fiscalía que parece estar en su nómina.
La SIJIN y la policía siempre a su servicio incluso para cosas ilegales. Y los dos escoltas que por aquellos tiempos me fueron asignados por el Estado no eran protectores: eran carceleros disfrazados de guardianes, espías con ruana y verdes al servicio de la mafia del palacio de la torre.
La guerra psicológica que me impusieron transformó mi apartamento en una prisión dorada donde los criminales verdes que se robaban los pocos recursos de un pueblo pobre eran los carceleros con la hipocresía propia de un pastor que viola a sus peregrinos.
Desde los ventanales, observaba la ciudad mientras el ruido de la industria asesina avanzaba tan rápido como el cáncer verde que carcomía cada pueblo de Boyacà. Por aquellos días recuerdo como el río se mezclaba con el rugido de mi Mercedes Benz E190 convertible y clásico modelo 1985, coche que parecía conocerme mejor que nadie, que sentía mi determinación.
Escribía sin cesar. Las palabras eran mi única defensa, mi escudo y mi arma. Los artículos se mezclaban con las amenazas constantes de estos disque revolucionarios que tiraban piedra en la UPTC y ahora buscaban callar la prensa dando órdenes a sus grupos paramilitares.
Con las notas musicales de Silvio Rodríguez flotando entre los muebles, con frases de Galeano que me recordaban que “la historia es nuestra y debemos contarla”, y con el ritmo cortazariano de la vida cotidiana convertida en suspenso y azar. Cada vez que cerraba los ojos, veía los rostros de los enfermos, escuchaba sus voces, sentía su dolor, y el impulso de justicia me mantenía despierto toda la noche.
Vive la Gente nació así: un movimiento que unió obreros, campesinos y líderes sociales, todos afectados por Holcim y la contaminación industrial. Cada reunión clandestina era un acto de coraje. Rafael, María del Carmen, Jorge y otros comenzaron a organizarse: marchas silenciosas, denuncias públicas, murales con mensajes de esperanza y rabia. Entre ellos, los jóvenes escuchaban mis consejos y aprendían que la palabra puede ser más peligrosa que un fusil, y más poderosa que cualquier amenaza.
El Valle de Sogamoso se convirtió en escenario y personaje de nuestra historia. Las mañanas traían neblina sobre los cultivos orgánicos de cebolla; los ríos brillaban como espejos entre cerros verdes; los caminos de piedra y los pueblos con casas de teja roja parecían susurrar secretos. En Belencito, las acerías levantaban humo que el viento arrastraba, mezclados con el aroma de la tierra y las flores silvestres. Allí comprendí que la lucha no era solo contra Holcim o el gobernador, sino contra la indiferencia que mataba lentamente la memoria y la vida de los pueblos.
Lucía y yo compartimos clandestinidades y sueños. A veces nos encontrábamos en casas abandonadas, otras en cafés olvidados. Me contaba historias de su infancia, y en sus ojos veía reflejada la magia del valle, la fuerza de las montañas y la resiliencia del río. Cada beso era un acto de rebelión, cada caricia un pacto secreto de esperanza. La persecución no disminuye nuestra intensidad; al contrario, la convierte en fuego.
El gobernador Carlos Amaya se movía como sombra. Cada día enviaba advertencias, cada noche dejaba mensajes en mi apartamento y en el teléfono. Su presencia se sentía en cada calle, en cada mirada sospechosa. Sin embargo, el movimiento Vive la Gente crecía: los obreros organizaban asambleas, los campesinos contaban historias de enfermedad y resistencia, y los jóvenes aprendían a leer el mundo con ojos críticos y valientes, una lucha que fue exterminada ante el poder de una mafia que compro hasta la poca dignidad de la justicia.
Las amenazas fueron contundentes, recibí un panfleto en mi casa firmado por grupos paramilitares, llamadas, mensajes en redes, todos los bandidos verdes empezaron a moverse incluso con el apoyo de mineros de la región que en su hipocresía solo querían ser esclavos.
Decidí alejarme temporalmente. Tomé rumbo a Boquete, en Panamá, buscando la soledad del volcán y el mar, una casa pequeña en medio de la selva, donde el verde era absoluto y la bruma matinal abrazaba los árboles. La humedad impregnaba cada pared y el aroma del café recién colado flotaba por las habitaciones. Desde la terraza veía el océano, escuchaba aves exóticas y sentía que, aunque el peligro me seguía, podía respirar por primera vez sin miedo inmediato. Las llamadas seguían llegando, pero el aislamiento y la naturaleza me daban fuerzas para continuar escribiendo.
Allí, entre la selva, comprendí que el periodismo no era solo informar, sino acompañar a los que sufren, luchar contra la indiferencia y la corrupción, y construir esperanza. Lucía estaba en mis pensamientos, Rafael y los demás en mis notas, y el valle de Sogamoso en mis recuerdos. Cada palabra escrita era un acto de amor y de resistencia, cada historia contada, un grito de justicia.
La cementera Holcim, los obreros, los campesinos, los líderes sociales y la epidemia de cáncer formaban un mosaico de dolor y coraje. Pero también de humanidad y solidaridad. La historia se tejía entre la bruma del valle y la selva de Boquete, entre la persecución y el amor, entre la muerte y la esperanza.
El valle, las montañas, el río y las casas coloniales de Belencito parecían acompañarnos en cada paso. Los líderes obreros como Rafael y Jorge discutían estrategias de acción, mientras María del Carmen enseñaba a los más jóvenes cómo registrar los síntomas y documentar la contaminación. Cada rostro tenía una historia, cada mirada, una petición de justicia.
El movimiento crecía como una sombra luminosa, recorriendo caminos donde antes sólo había miedo. Hoy persiste la desesperanza.
Así comenzó todo: un periodista joven, un valle cargado de historia, una epidemia que no podía callar, una mujer joven que amaba sin reservas, y un movimiento social que aprendería a volar, con la fuerza de los que no tienen otra opción que luchar. Cada página que escribía llevaba consigo el olor a tierra húmeda, a café, a humo y a flores silvestres, y el espíritu de quienes se niegan a rendirse ante la injusticia.
El mundo entero parecía escuchar desde la distancia, mientras en cada palabra se sentía la fuerza de un país que necesitaba justicia y esperanza. Cada acción, cada decisión, cada gesto, estaba impregnado de humanidad, y el valle de Sogamoso, la selva de Boquete y la mirada de Lucía se convirtieron en testigos y cómplices de esta lucha incansable.
La historia de Boyacá se puede contar metafóricamente con el legado de un Rey Verde oculto en una ruana de oro, quien vivía rodeado de jardines perfectos, donde cada hoja parecía obedecer a un diseño matemático de pureza, y donde el aire era filtrado por máquinas que imitaban la naturaleza sin comprenderla del todo; su reino brillaba como un emblema de prosperidad sostenible, construido sobre contratos invisibles y territorios lejanos donde el costo de su armonía se acumulaba en silencio.
Pero con los años, el verdor comenzó a enfermarse desde dentro: primero fue una tos leve, luego una fatiga que ningún médico de palacio lograba nombrar con precisión, hasta que el cuerpo del monarca empezó a revelar lo que el reino había preferido no mirar.
Los jardines seguían impecables, pero el rey ya no podía caminar entre ellos; cada respiración era una negociación con los residuos de su propia abundancia, como si la riqueza que lo había protegido durante tanto tiempo hubiera aprendido, por fin, a regresar a su origen. Y así, en la quietud artificial de un palacio que confundía limpieza con inocencia, el Rey Verde comprendió demasiado tarde que la pureza que había gobernado no era más que una forma elegante de postergar el veneno.









Deja un comentario