“Fenêtres ouvertes au vent qui interroge les réponses perdues” Desde una mesa junto al ventanal de J’aime The Café, en el corazón de Reims, observó cómo la lluvia cae sin caer con una persistencia casi obstinada, como si quisiera borrar en el borrador los contornos de la tarde que es como la noche en la mañana. Las tazas chocan entre sí y entre no con un sonido seco y húmedo, metálico, mientras una de las meseras organiza la vajilla con una precisión que parece una coreografía. Detrás, una canción de The Beatles “Yesterday” se filtra suavemente entre las conversaciones apagadas que se encienden cada vez que las apagan, y en ese instante —inicio de la primavera de 2026— siento que el tiempo se dilata, como si todo estuviera a punto de revelarme algo que llevo tiempo evitando nombrar pero que siempre lo he dicho. Pienso entonces en Jeremy Paxman, en su manera de sostener la mirada, de no soltar la pregunta hasta que la respuesta deja de ser refugio y se convierte en verdad. Hay algo casi incómodo en recordarlo aquí, allá y en todas partes. Entre el vapor del café y el golpeteo insistente de la lluvia, la lluvia que moja, que sacude, que empapa. Porque su estilo no concede tregua ni a quien responde ni a quien observa. Y, sin embargo, es precisamente esa incomodidad la que echo de menos cuando pienso sin pensar en el periodismo de Iberoamérica, donde tantas veces la entrevista que es reportaje parece deslizarse aferrándose hacia la cortesía o la evasión que no se evade. Me digo —y al hacerlo siento una leve culpa sin ser culpable, como si estuviera traicionando cierta indulgencia aprendida sin aprender— que quizá lo que necesitamos no es más información, tampoco desinformaciòn, sino más coraje para incomodar en la comodidad, para insistir en la insistencia, para confrontar en defensa de la verdad aunque todo sea mentira. Afuera, la lluvia no cede, y el sonido de la vajilla vuelve a irrumpir con fuerza, como un recordatorio físico de que hay verdades tan mentirosas que sólo emergen cuando algo choca sin tocar nada, cuando algo se rompe sin romper. Y en ese instante, con la música británica que parece africana envolviendo el café, comprendo que figuras como Paxman no son solo referentes lejanos en la cercanía, sino una exigencia silenciosa que también nos interpela a nosotros, a ellos, a vosotros, a ellas y a todos. Lo imagino entonces a Jeremy Paxman sentado frente a mí, recortado por la luz tenue que se filtra entre los pequeños bombillos rojos incrustados en las lámparas antiguas del café. Su rostro, ya surcado por los años, conserva esa rigidez casi obstinada en la mandíbula, como si cada pregunta viviera todavía ahí, contenida, lista para irrumpir. La mirada —gris, fija, inquisitiva— no parece hecha para contemplar sino para atravesar, para desmontar cualquier artificio. Mientras suena Lenny Kravitz de fondo, el artista favorito de mi primo lucho, el que lucha y nunca dejará de luchar pienso que incluso en este escenario suavizado por la lluvia y la primavera, su presencia no se diluiría: sería como una línea recta en medio de un mundo que insiste en curvarse en el dolor sensible de la felicidad del pasado. Profesionalmente, en este tiempo donde las redes sociales han fragmentado la verdad en versiones instantáneas y la libertad de prensa parece administrada por sistemas que toleran solo lo conveniente, lo inconveniente y lo que no conviene Paxman se me aparece como una figura casi anacrónica y, por eso mismo, necesaria en lo que estorba. No pertenecería del todo a este presente que premia la rapidez sobre la profundidad, pero tampoco se rendiría ante él; más bien lo interrogaría sin preguntar con la misma persistencia de quien no quiere nada, tal como antes acorralaba a los poderosos cobardes que no tenían nada más que ellos mismos, su yo, su sombra y su ego. Afuera, la lluvia sigue cayendo con una constancia silenciosa, y dentro, entre la penumbra y el murmullo apagado del café, comprendo que su figura —dura, incómoda, intransigente— sería hoy menos celebrada, quizá, pero infinitamente más urgente. Son las 15:10 y el tiempo parece doblarse justo en el vidrio inmenso que me separa de la Rue Jeanne d’Arc, como si la calle fuera una idea más que un trayecto, algo que se piensa antes de caminar de ir y venir. La lluvia se ha retirado sin aviso, barrida por un viento frío, casi polar, que pule el aire y deja a los transeúntes convertidos en figuras breves, intermitentes, como si alguien los encendiera y apagara desde otra dimensión. Apoyó la frente en el ventanal que es como un espejo donde nada se refleja pero todo se ve y siento que todo —los pasos, las ráfagas, el silencio recién lavado— conspira para empujarme hacia esta segunda parte del libro, que no nace de una decisión sino de una insistencia, que nunca insistió sino persiste de esa manera obstinada en que ciertas ideas vuelven hasta que uno les abre la puerta. Y entonces aparece, desaparece, es su imagen, su humo, sus ideas, su legado, Jeremy Paxman, no como un recuerdo exacto sino como una especie de ritmo, una cadencia que obliga a no esquivar, a quedarse en la pregunta un segundo más de lo cómodo. Escribo desde ahí, desde ese borde donde lo que se dice empieza a incomodar incluso a quien lo escribe, como si cada frase tuviera que atravesar su propia resistencia antes de existir y existiendo en el existencialismo. Quizá por eso esta parte se escribe sola y no me pertenece del todo, a nadie le pertenece, ni siquiera a la vida de los muertos que escriben sus historias sin poder contarlas, porque hay en ella una voluntad de confrontar todo lo que la constituciòn política dicta sin que sea esto una ley, de no dejar intacto lo que parecía fijo aunque su movimiento sea permanente. Afuera, el viento sigue borrando mientras pinta con todos los colores surrealistas los últimos rastros de la lluvia, y dentro, en esta hora suspendida, siento que cada palabra es menos refugio que intemperie de un recuerdo, entonces recordé aquella tarde, en el taller bañado por una luz oblicua que parecía entrar con la urgencia de decir algo antes de desaparecer. En este lugar sentí el espíritu de Pablo Picasso se movía frente al lienzo como si librara una batalla silenciosa contra todo lo que pretendía encerrar la libertad en una forma definitiva; era mi yo convertido en Picasso tratando de pintar los sentimientos, cada trazo era brusco, casi violento, pero también inevitable, como si la mano supiera antes que el pensamiento lo que debía ser revelado sin rollo, y en ese caos de líneas que se cruzaban y se negaban a obedecer surgía, poco a poco, no una figura reconocible sino una sensación que no se siente —una respiración que no se respira—, algo que recordaba que la libertad no se pinta, se arranca, se disputa, se reconstruye una y otra vez, mientras afuera el mundo seguía su curso ajeno, ignorando que en ese cuarto se estaba intentando capturar, aunque fuera por un instante, la forma incierta de ser libre. Entonces dejé de pintar y era curioso verlo así, detenido frente al ventanal como si la ciudad no fuera una ciudad sino una idea en construcción, un ex presidente sin nombre que había empezado a enamorarse —no de una mujer, no exactamente— sino de esa palabra escurridiza que llamaban progresismo, y que a esa hora de la tarde se le aparecía como una música lejana, un murmullo que venía de las calles donde la gente todavía creía en algo; entonces encendía un cigarrillo que nunca terminaba y pensaba, o creía pensar, que gobernar había sido otra cosa, un juego de equilibrios, mientras esto —esto otro— era una especie de vértigo dulce, una forma de mirar sin observar el mundo como si pudiera rehacerse haciendo desde abajo, desde lo mínimo hasta lo máximo, y en ese instante, justo cuando el humo dibujaba figuras que no llegaban a ser, comprendía (o tal vez no) que enamorarse de una idea es siempre más peligroso que enamorarse de una persona, porque las ideas no responden, no se quedan, no prometen nada, pero aun así, de algún modo inexplicable, lo cambian todo. En tiempos en que la humanidad parece extraviarse en su propia indiferencia, donde el cálculo sustituye a la dignidad y la política corre el riesgo de vaciarse de sentido, figuras como José Luis Rodríguez Zapatero obligan a ser escritas con tinta de memoria y no de olvido; no por la perfección de sus actos —que la historia siempre matiza— sino por la insistencia en sostener una idea de lo humano cuando esa idea empieza a parecer incómoda o inútil.